Encuentro con el Santo de los jóvenes
Miércoles, 22 de Octubre de 2014 19:34    PDF 

 

Por Kwesi Qemal Alleyne


c_250_175_16777215_0___images_stories_aaaajovenes.jpg¡Juan Pablo II te quiere todo el mundo! Estas palabras resonaron en Ontario Place, Toronto, dando la bienvenida al Papa de la Juventud a las distintas actividades de la Jornada Mundial de la Juventud, 2002. Yo me conté entre los jóvenes exuberantes congregados alrededor de su abuelito, Papá Juan Pablo para celebrar la fe y no solamente cualquier tipo de fe sino una fe viva y activa en la persona de Jesucristo, vivo hoy, y significativo para todos.

 

Siendo en aquel entonces un joven de unos dieciséis años y parte de un contingente de Trinidad y Tobago de unos cuatrocientos jóvenes entre cientos de miles de otros del mundo entero, las distracciones seguramente eran presentes. Sin embargo, esta primera peregrinación para mí tendría un impacto fuerte sobre el tenor de mi fe mientras crecía como un joven de Dios.

 

Por el año 2002, el alma de este gran hombre sobrepasaba por ligas a su estatura física. Ya él era un viejo, encorvado, incapaz de andar y visiblemente agobiado por los síntomas de la enfermedad de Párkinson. En el hablar incluso, más bien en cada oración, tenía que poner esfuerzo. A pesar de esto, impulsado por la energía de la juventud, hablará con ansias de compartir con los que amó.

 

A las multitudes congregadas con el Siervo de los Siervos de Dios sus palabras les desafiaron. Y no un simple desafío sino uno que echó raíces profundas en los corazones de la gran audiencia receptiva: “Jóvenes, ¡atrévanse a ser cristianos! Jóvenes, ¡atrévanse a vivir en el seguimiento radical de Jesús! Su recompensa es eterna. ¡Nunca te fallará! ¡Atrévanse a darle la alegría y exuberancia de tu juventud! ¡No se rindan a las tentaciones y materialismos que el mundo les ofrece! ¡Sean testigos de Cristo! ¡Él te quiere! ¡La iglesia necesita tu testimonio gozoso hoy!” Y corazones se regocijaron, y el pueblo aplaudió, algunos lloraban, el gentío en sus distintas lenguas aclamaban. Todos felices de ser partes de esta conversación íntima con el pastor universal de la Iglesia, su pastor personal, nuestro Papa Juan Pablo II.

 

Es posible que algunos miraban y solamente veían un concurso de popularidad, una estrella y sus fans pero para nosotros quienes estábamos presentes y para los que lo seguían de lejos y estoy seguro a lo largo de su vida terrenal lo que dio a sus palabras tal fuerza potente fue la credibilidad de su testimonio. Este hombre sufría mucho y amaba. Aún durante el Vía Crucis cuando solamente nos podía seguir por televisión agarrando el crucifijo veía a uno literalmente uniendo sus sufrimientos a los de Cristo para el mundo. Mientras se esforzaba para alzar la Hostia consagrada durante la Misa y luego lentamente y con reverencia inclinó la rodilla, veía a uno envuelto en el amor del Dios que no pudo ver y que fue verdaderamente entregado a este Dios. El corazón de uno naturalmente quería decir: “¡Quiero ser entregado así a Dios!”. Se  sentía el amor, se veía el amor, se encontraba a Jesús en él.

 

Despidió a los jóvenes del evento expresando su duda de que pudiera estar con nosotros en la próxima Jornada Mundial de la Juventud en Alemania 2005. Sería en abril 2005 que sus palabras resultarían proféticas. Justamente unos meses antes del próximo encuentro juvenil pasaría de esta vida a los brazos de su Padre Celestial en las vísperas de la Fiesta de la Divina Misericordia que instituyó como Papa. En aquellos días yo estaba muy ocupado con preparaciones para los exámenes en la universidad y no pude seguir los acontecimientos como hubiese querido hacerlo. Sin embargo, los sentimientos que experimentaba no eran de tristeza sino de gran confianza y alegría: “Nuestro Santo Padre está en los cielos orando por nosotros ante el Trono de Dios.”

 

¡Grandes son las misericordias de Dios! Todavía soy joven pero ahora con unos años más y estoy muy agradecido de haber estado en la presencia de un hombre tan santo. La honra que la Iglesia le rinde ahora en los altares me empuja de nuevo, confiando en el Dios de la Misericordia, a despojarme de todo lo que impide mi entrega radical a Cristo en las circunstancias ordinarias de mi vida y a correr con vigor renovado buscando conseguir aquella santidad que es para todos. ¡Qué un gran número corran conmigo!