Plan de Pastoral - Noviembre, mes de la familia
Viernes, 03 de Noviembre de 2017 16:37    PDF 
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Celibato y Abusos a Menores
Viernes, 03 de Noviembre de 2017 16:10    PDF 
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Ante lo sucedido el pasado fin de semana, se ha desatado una especie de cacería de brujas. El sábado (5/08/17) se daba a conocer la infausta noticia de que un sacerdote había cometido un crimen que consternó a toda la sociedad. Es un hecho penoso y lamentable que nos afecta a todos: la sociedad, la Iglesia, los sacerdotes y las familias tanto de la víctima como del victimario.

 

Se han tejido toda clase de especulaciones en la urdimbre del espectro de la opinión pública y privada, sólo se habla de eso en todos los ambientes. Hay quienes han hablado de forma sensata, otros han condenado y satanizado. Antes de lo ocurrido parece que nadie sabía nada, ahora da la impresión de que sí había conocimiento de la situación que envolvía la relación de los implicados en este hecho tan triste y lamentable que pudo haberse evitado con una denuncia.

 

Para muchos, el celibato sacerdotal es el culpable de lo que ha pasado. Como decía Albert Camus: “siempre el otro tiene la culpa”. No es nada nuevo, desde el inicio de la creación el ser humano ha buscado un culpable, v.gr. Adam y Eva.

 

Hoy se quiere culpar al celibato, se dice que si éste fuera abolido de la Iglesia y los sacerdotes se casasen estas cosas no ocurrirían. Nada más lejos de la realidad. Los hechos nos muestran que la mayor cantidad de abusos a menores ocurren dentro de su propia familia iniciando por el padre, seguido de la madre, tíos, etc. Se calcula que entre el 65 y el 85% de los agresores pertenecen al círculo social o familiar de la víctima (Echebúrua, Enrique y Guerrica Echevarría, Cristina, Abuso sexual en la infancia: víctimas y agresores. Un enfoque clínico, Barcelona 22005,12).

 

La culpa no es, por consiguiente, del celibato. Busquemos otro “culpable”. La culpa es nuestra. Sí, nuestra. La culpa es del hombre, de todo hombre; o sea, de la sociedad. La culpa es de todo ser humano que dejándose llevar de sus impulsos pasionales y enfermizos desvía su conducta sexual y no es capaz de dominarse a sí mismo y controlar sus bajos instintos, y en vez de dar un amor sano y puro a los infantes los ve con un deseo erótico para satisfacer la libido sexual.

 

Este es un problema humano, del hombre; no de una norma eclesial. Y, quede claro, que con esto no estoy defendiendo lo sucedido. Por el contrario, condeno el hecho como tal, más aún cuando está de por medio la vida de una persona, la cual siempre tiene un valor inconmensurable y sagrado.

 

Lo ocurrido debe movernos a una reflexión seria como nuestra sociedad, como la Iglesia, como familia o individuos particulares. Como sociedad no podemos quedarnos en el lamento, sino que desde los estamentos del estado es necesaria una protección más efectiva de nuestros niños y adolescentes, además de una sana orientación y educación sexual adecuada a su edad; como Iglesia debemos hacer una reflexión y revisión profunda en la selección de los candidatos al sacerdocio; como familia no podemos permanecer en la inocencia y confiar ciegamente en terceros e incluso los propios miembros de la familia, sino estar atentos a nuestros hijos y no pasar por alto ningún comportamiento extraño o movimiento inusual de dinero o exhibición de cosas de valor que no se le hayan facilitado en casa, también se les debe ensenar a decir NO cuando cualquier persona adulta les haga propuestas que les hagan sentir incómodos, mal o confundidos; como individuos cada cual debe revisarse y reflexionar sobre qué ha hecho para construir una sociedad más sana y más humana, ya que la que tenemos actualmente no va por buen camino, al contrario, cada día se enrumba más y más por un derrotero que no se sabe a dónde vamos a parar.

 

No busquemos un culpable, más bien reflexionemos y actuemos antes de que sea demasiado tarde.

 

R. P. Ángel Díaz Gil, Formador del SPSTA

Santo Domingo, 11/08/2017

 
El Sacerdote y la Catequesis
Miércoles, 01 de Noviembre de 2017 21:53    PDF 

EL SACERDOTE Y LA CATEQUESIS

 

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Con relación a la catequesis, la figura del sacerdote engloba una importancia capital, ya que es el primer catequista de la comunidad donde se encuentra. Y, está comprometido a formar y preparar a los demás catequistas de su entorno parroquial. De modo que, debe prevalecer en cada sacerdote el entusiasmo por educar y formar a sus catequistas para que cada miembro de la parroquia se sienta identificado con su pastor, y de esta manera pueda crecer toda la comunidad.

 

De igual manera, es sumamente importante conocer las responsabilidades y compromisos que conlleva ser un sacerdote cercano a su comunidad, y cumplir su rol como un pastor dedicado a sus ovejas. Es por ello que serán presentados a continuación algunos puntos esenciales de vital importancia para el ejercicio eficaz de la catequesis en el sacerdote dentro de su panorama catequético.

 

En tal aspecto, nos dice el Directorio General para la Catequesis “la función propia del presbítero en la tarea catequizadora brota del sacramento del orden que ha recibido [...] este sacramento constituye a los presbíteros en educadores de la fe” (DGC 224). Destacando que el sacerdote, por el sacramento del orden está constituido en catequista, educador, maestro y pastor en la fe.

 

En efecto, el sacramento del orden otorga al presbítero una configuración particular con Cristo, profeta, sacerdote y pastor. De modo que, esta configuración original la que hace actuar al sacerdote, como “in persona Crhisti”, como “ministro de la Cabeza” (PO 12), como “signo sacramental de Cristo” (PDV 16).

 

También, el sacerdote es un motor imprescindible de la catequesis. Pues, al afirmar que es motor, se quiere mostrar que le corresponde potenciar, animar y suscitar el compromiso corresponsable de todos los miembros de la comunidad en la catequesis. Debe ser un motor incansable, que impulse cuando todo es favorable, pero sobre todo cuando hay que enfrentar situaciones adversas, cuando los recursos son limitados y los agentes pocos.

 

El sacerdote está llamado a hacer presente a Cristo Cabeza de la Iglesia en la comunidad eclesial a la que sirve. Como cabeza de esa porción del Cuerpo Místico de Cristo tiene que ofrecer el servicio de coordinación; y, también tiene el compromiso de orientar la catequesis, ya que tiene la misión de discernir por dónde llevar la educación en la fe de su comunidad.

 

El sacerdote, como buen catequista, está llamado a expresar clara y certeramente la doctrina de la Iglesia, surgida de la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición y al mismo tiempo a compartir con prudencia y valentía los nuevos aportes de la reflexión de la fe. Por eso el sacerdote es un verdadero y auténtico catequista de su comunidad. El sacerdote es constituido por el Orden en “educador en la fe” (DGC 224). En definitiva, el sacerdote discierne los caminos de la catequesis; fomentando y discerniendo la vocación de catequista; por lo cual, el sacerdote es el catequista de los catequistas (Cf. DGC n. 25)

 

En definitiva, se deben tener en cuenta cuales son las tareas propias del presbítero en la catequesis, de manera que se hará mención de las siguientes (DGC n. 225):

 

– suscitar en la comunidad cristiana el sentido de la común responsabilidad hacia la catequesis, como tarea que a todos atañe, así como el reconocimiento y aprecio hacia los catequistas y su misión;

– cuidar la orientación de fondo de la catequesis y su adecuada programación, contando con la participación activa de los propios catequistas, y tratando de que esté “bien estructurada y bien orientada”

– fomentar y discernir vocaciones para el servicio catequético y, como catequista de catequistas, cuidar la formación de éstos, dedicando a esta tarea sus mejores desvelos;

– integrar la acción catequética en el proyecto evangelizador de la comunidad y cuidar, en particular, el vínculo entre catequesis, sacramentos y liturgia;

– garantizar la vinculación de la catequesis de su comunidad con los planes pastorales diocesanos, ayudando a los catequistas a ser cooperadores activos de un proyecto diocesano común.

 

En fin, el sacerdote es el principal gestor de catequesis en su parroquia, de él depende que la formación y preparación de sus catequistas y feligreses se mantenga en buna armonía y agradable preparación. Bien lo expresa el Directorio General de Catequesis, que: la experiencia atestigua que la calidad de la catequesis de una comunidad depende, en grandísima parte, de la presencia y acción del sacerdote. De manera que el sacerdote debe asumir en su parroquia el compromiso catequético como parte elemental de su ministerio sacerdotal; en la formación de sus fieles.

 

Por: Hannly Alfredo Sosa Capellán

 
Mensaje del Santo Padre Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones
Viernes, 20 de Octubre de 2017 00:00    PDF 

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 2017

 

 

La misión en el corazón de la fe cristiana

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Este año la Jornada Mundial de las Misiones nos vuelve a convocar entorno a la persona de Jesús, «el primero y el más grande evangelizador» (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 7), que nos llama continuamente a anunciar el Evangelio del amor de Dios Padre con la fuerza del Espíritu Santo. Esta Jornada nos invita a reflexionar de nuevo sobre la misión en el corazón de la fe cristiana. De hecho, la Iglesia es misionera por naturaleza; si no lo fuera, no sería la Iglesia de Cristo, sino que sería sólo una asociación entre muchas otras, que terminaría rápidamente agotando su propósito y desapareciendo. Por ello, se nos invita a hacernos algunas preguntas que tocan nuestra identidad cristiana y nuestras responsabilidades como creyentes, en un mundo confundido por tantas ilusiones, herido por grandes frustraciones y desgarrado por numerosas guerras fratricidas, que afectan de forma injusta sobre todo a los inocentes. ¿Cuál es el fundamento de la misión? ¿Cuál es el corazón de la misión? ¿Cuáles son las actitudes vitales de la misión?

 

La misión y el poder transformador del Evangelio de Cristo, Camino, Verdad y Vida

 

  1. La misión de la Iglesia, destinada a todas las personas de buena voluntad, está fundada sobre la fuerza transformadora del Evangelio. El Evangelio es la Buena Nueva que trae consigo una alegría contagiosa, porque contiene y ofrece una vida nueva: la de Cristo resucitado, el cual, comunicando su Espíritu dador de vida, se convierte en Camino, Verdad y Vida por nosotros (cf. Jn14,6). Es Camino que nos invita a seguirlo con confianza y valor. Al seguir a Jesús como nuestro Camino, experimentamos la Verdady recibimos su Vida, que es la plena comunión con Dios Padre en la fuerza del Espíritu Santo, que nos libera de toda forma de egoísmo y es fuente de creatividad en el amor.

 

  1. Dios Padre desea esta transformación existencial de sus hijos e hijas; transformación que se expresa como culto en espíritu y en verdad (cf. Jn4,23-24), en una vida animada por el Espíritu Santo en la imitación del Hijo Jesús, para gloria de Dios Padre. «La gloria de Dios es el hombre viviente» (Ireneo, Adversus haereses IV, 20,7). De este modo, el anuncio del Evangelio se convierte en palabra viva y eficaz que realiza lo que proclama (cf. Is55,10-11), es decir Jesucristo, el cual continuamente se hace carne en cada situación humana (cf. Jn 1,14).

 

La misión y el kairos de Cristo

 

  1. La misión de la Iglesia no es la propagación de una ideología religiosa, ni tampoco la propuesta de una ética sublime. Muchos movimientos del mundo saben proponer grandes ideales o expresiones éticas sublimes. A través de la misión de la Iglesia, Jesucristo sigue evangelizando y actuando; por eso, ella representa el kairos, el tiempo propicio de la salvación en la historia. A través del anuncio del Evangelio, Jesús se convierte de nuevo en contemporáneo nuestro, de modo que quienes lo acogen con fe y amor experimentan la fuerza transformadora de su Espíritu de Resucitado que fecunda lo humano y la creación, como la lluvia lo hace con la tierra. «Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 276).

 

  1. Recordemos siempre que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, 1). El Evangelio es una persona, que continuamente se ofrece y continuamente invita a los que la reciben con fe humilde y laboriosa a compartir su vida mediante la participación efectiva en su misterio pascual de muerte y resurrección. El Evangelio se convierte así, por medio del Bautismo, en fuente de vida nueva, libre del dominio del pecado, iluminada y transformada por el Espíritu Santo; por medio de la Confirmación, se hace unción fortalecedora que, gracias al mismo Espíritu, indica caminos y estrategias nuevas de testimonio y de proximidad; y por medio de la Eucaristíase convierte en el alimento del hombre nuevo, «medicina de inmortalidad» (Ignacio de Antioquía, Epístola ad Ephesios, 20,2).

 

  1. El mundo necesita el Evangelio de Jesucristo como algo esencial. Él, a través de la Iglesia, continúa su misión de Buen Samaritano, curando las heridas sangrantes de la humanidad, y de Buen Pastor, buscando sin descanso a quienes se han perdido por caminos tortuosos y sin una meta. Gracias a Dios no faltan experiencias significativas que dan testimonio de la fuerza transformadora del Evangelio. Pienso en el gesto de aquel estudiante Dinka que, a costa de su propia vida, protegió a un estudiante de la tribu Nuer que iba a ser asesinado. Pienso en aquella celebración eucarística en Kitgum, en el norte de Uganda, por aquel entonces, ensangrentada por la ferocidad de un grupo de rebeldes, cuando un misionero hizo repetir al pueblo las palabras de Jesús en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», como expresión del grito desesperado de los hermanos y hermanas del Señor crucificado. Esa celebración fue para la gente una fuente de gran consuelo y valor. Y podemos pensar en muchos, numerosísimos testimonios de cómo el Evangelio ayuda a superar la cerrazón, los conflictos, el racismo, el tribalismo, promoviendo en todas partes y entre todos la reconciliación, la fraternidad y el saber compartir.

 

La misión inspira una espiritualidad de éxodo continuo, peregrinación y exilio

 

  1. La misión de la Iglesia está animada por una espiritualidad de éxodo continuo. Se trata de «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20). La misión de la Iglesia estimula una actitud de continua peregrinación a través de los diversos desiertos de la vida, a través de las diferentes experiencias de hambre y sed, de verdad y de justicia. La misión de la Iglesia propone una experiencia de continuo exilio, para hacer sentir al hombre, sediento de infinito, su condición de exiliado en camino hacia la patria final, entre el «ya» y el «todavía no» del Reino de los Cielos.

 

  1. La misión dice a la Iglesia que ella no es un fin en sí misma, sino que es un humilde instrumento y mediación del Reino. Una Iglesia autorreferencial, que se complace en éxitos terrenos, no es la Iglesia de Cristo, no es su cuerpo crucificado y glorioso. Es por eso que debemos preferir «una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades» (ibíd., 49).

 

Los jóvenes, esperanza de la misión

 

  1. Los jóvenes son la esperanza de la misión. La persona de Jesús y la Buena Nueva proclamada por él siguen fascinando a muchos jóvenes. Ellos buscan caminos en los que poner en práctica el valor y los impulsos del corazón al servicio de la humanidad. «Son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas de militancia y voluntariado [...]. ¡Qué bueno es que los jóvenes sean “callejeros de la fe”, felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!» (ibíd., 106). La próxima Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar en el año 2018 sobre el tema «los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional», se presenta como una oportunidad providencial para involucrar a los jóvenes en la responsabilidad misionera, que necesita de su rica imaginación y creatividad.

 

El servicio de las Obras Misionales Pontificias

 

  1. Las Obras Misionales Pontificias son un instrumento precioso para suscitar en cada comunidad cristiana el deseo de salir de sus propias fronteras y sus seguridades, y remar mar adentro para anunciar el Evangelio a todos. A través de una profunda espiritualidad misionera, que hay que vivir a diario, de un compromiso constante de formación y animación misionera, muchachos, jóvenes, adultos, familias, sacerdotes, religiosos y obispos se involucran para que crezca en cada uno un corazón misionero. La Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra de la Propagación de la Fe, es una ocasión favorable para que el corazón misionero de las comunidades cristianas participe, a través de la oración, del testimonio de vida y de la comunión de bienes, en la respuesta a las graves y vastas necesidades de la evangelización.

 

Hacer misión con María, Madre de la evangelización

 

  1. Queridos hermanos y hermanas, hagamos misión inspirándonos en María, Madre de la evangelización. Ella, movida por el Espíritu, recibió la Palabra de vida en lo más profundo de su fe humilde. Que la Virgen nos ayude a decir nuestro «sí» en la urgencia de hacer resonar la Buena Nueva de Jesús en nuestro tiempo; que nos obtenga un nuevo celo de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte; que interceda por nosotros para que podamos adquirir la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la salvación.

 

Vaticano, 4 de junio de 2017
Solemnidad de Pentecostés

 

Francisco

 

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